jueves, 31 de mayo de 2012

Un cigarro en el balcón. La lluvia cayendo afuera. Noche fría, un lunes cualquiera.
Vuelve de rendir un parcial más, con la sensación de tranquilidad que se siente cuando uno llega preparado.
Más allá del resultado, la conciencia tranquila de saber que ante tanta adversidad, se hizo lo mejor que pudo. Que quizás haya sido más que muchas otras veces, tal vez por el simple hecho de la presión y correr contra todo para tratar de llegar a lo que uno quiere. Algo así como su historia de vida.
Sensación de tranquilidad que se fue con el humo de ese cigarro. Con esas gotas de lluvia que iban cayendo, llegó hasta mi él ese estado que lo definía en los últimos tiempos.
No podía definirlo, no lograba explicar bien que era lo que le estaba pasando.
Inconformismo. Miedos. Soledad. Mariconismo. Histeria. Aburrimiento. Bronca.
Sin poder esconderse con la tecnología, que parecía haberse complotado en su contra, no le quedaba más que hacerse cargo de sí mismo. Enfrentarse al problema, encontrarle solución, poder darse un diagnóstico, o aunque sea aceptar que eso que estaba sintiendo existía, aunque no llegara a entenderlo ni por asomo.
Sin embargo hizo lo de siempre. Fumó, cambió su semblante. Se mojó los pies con esa historia, se fastidió.
Y escapó. O trató de hacerlo.
La cama era su única salida y hacia ella fue. Como si tuviera alguna condición mágica, se entregaba nuevamente con la firme convicción, o aunque sea la vana esperanza de que cuando ésta lo abrazara se sentiría mejor. Que al despertar sería otro día. Pero no pasó.
Soñó cosas raras. Que lo hacían ilusionar, pero eso lo escribo más tarde.

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