viernes, 21 de septiembre de 2012

Un día sonó su teléfono y era ella. No recuerda si fue un mensaje, una llamada, o qué. Pero era distinto a como había sido siempre, tenía un no sé que raro. 
Aquella charla terminó en un encuentro, donde se sucedieron más charlas, y más encuentros dentro del mismo. Se sentía igual que cada vez que la veía: pleno.
(Días atrás le habían preguntado que era lo que le gustaba de ella. No pudo explicarlo con palabras, ni lo que lo atraía físicamente, ni mucho menos de su personalidad o su forma de ser. Sin embargo, y por más raro que sonara, él sabía bien las respuestas.) 

Él se había propuesto que su historia con ella, de ahora en más sería diferente. Quería comenzar a disfrutar de lo que le estaba pasando, aprovechando las cosas lindas, sacándole el mayor jugo posible. Y cuando estas no aparecieran, o se hicieran rogar, no hacerse tanto problema. Después de todo, ¿No vale la pena unos tragos amargos, si cuando llega lo dulce te hace tan bien? Era cuestión de creérselo, y poder actuar en consecuencia. 

(No pudo responderle a quién le preguntó, más que un: "lo que me gusta de ella es como me hace sentir cuando estamos juntos, o cerca, aunque más no sea hablando. Es como si me cambiara, es el desafío constante de saber que ella puede sacar lo mejor de mí, pero también lo peor. Me puede potenciar al 
máximo, como reducirme también. Creo que la quiero más que por lo que es ella, por lo que genera en mí".)

La vio, se rieron juntos. Hablaron de pavadas, y de temas importante. Se siguieron riendo. Ella lloró un poquito, él no pudo más que abrazarla. Como siempre, hablaron más de ella que de él. Y esto se debía básicamente a que él no podía caretearla cuando se trataba de hablar sobre lo que tenía que ver con sentimientos, al menos no sin terminar escupiéndole lo que le pasaba con esa petisa de ojos marrones. Optaba por tratar de desviar la conversación cuando se daba cuenta que empezaba a meterse en terrenos que sabía que no iba a poder manejar. Lo lograba.

(Nunca de todas las veces que se vieron, él quiso que terminara ese rato. Quizás inconscientemente lo estiraba lo más posible. Esta vez, él iba a decidir cuando irse. Lo tenía que hacer, se tenía que demostrar que era capaz de hacerlo. Si siempre había sido de una forma con ella, quizás si cambiaba, el resultado sería distinto...se convencía que si él lograba tratarla como a las otras mujeres que quizás no lo movían tanto, iba a lograr que ella cambie de plan. El único problema que tenía era que la morochita en cuestión, no era como las demás, en ningún aspecto.)

El cielo iba aclarando, y él tomando la decisión de volver a sus pagos. Sin mediar promesa de volver a verse, ni siquiera de seguirla por algún otro medio, le pidió que le abriera la puerta, se iba. Subió al auto, estranguló unas ganas locas de escribirle algo. Respiró profundo. Una sonrisa le atravesó la cara, y se le encendió el alma. Sabía que esa sensación le iba a durar lo que él se propusiera. Y no quería que esa duración sea poca.

(Comprendió que el tiempo libre le jugaba en contra, por tanto hizo planes, sacó de la galera cosas para hacer. Encontró felicidad en verse ocupado, y fue una especie de alargador del estado que reinaba cada vez que se despedía. Sintió que por una vez había ganado. Sintió que un ruido fastidioso lo obligaba a abrir los ojos. Resistió, no los abrió más. Se fué feliz).

Puso en marcha el auto, ella lo despidió desde atrás de las rejas. Espero que se de vuelta, y que entre a su casa de nuevo. Con calma bajó los vidrios, se prendió el primer cigarro de la jornada (ella le pide que no fume cuando están juntos, él cumple sin esfuerzo alguno), pisó el acelerador.
Apagó el despertador, se metió al baño. Duchazo, vestirse y arrancar el día como hacía siempre. Pero con el vago recuerdo de haber tenido una noche divina. Como si fuera un sueño.