jueves, 31 de mayo de 2012

Ilusión.



Una historia de idas y vueltas. Empezó una mañana de fines de julio creo. Un viaje de egresados.
El grupo del primer colegio, arriba del micro de la empresa de viajes, pasó a buscar al segundo grupito al cual desconocían. Y como todo lo desconocido, le tenían miedo. Pero se hacían los guapos. Sonaban los cantitos tipo cancha "los de Caseros son todos putos", "los vamos a matar", etc.
Llegaron al colegio. Al mejor estilo Rafa Di Zeo esperában que suban los 20 monos provincianos al micro.
De repente se hizo el silencio. Los barrabravas se convirtieron en carmelitas descalzas, y los 20 monos que estaban esperando, en 20 preciosas mujercitas y un casi hombrecito (serias dudas de su sexualidad desde el momento que pisó el micro).
Imaginate como estaban esos muchachos. Se sentían en el paraíso. Casi 20 hs los separaban de su destino y la perspectiva de compartir ese viaje, la estadía en la ciudad de los egresados, excursiones, boliches y vuelta con las mismas señoritas, era muy promisoria.
Huevadas del viaje, juegos, charlas. Conocerse. Las madres acompañantes, divinas, y una de ellas la madre de Mariana. Él pegó buena onda de arranque.

Pero falta que conozcan al protagonista de esta historia. Digamos que se llamaba Román. Él tenía 18 años, tenía novia. La relación andaba jodida, muchos problemas, idas y vueltas. Desgastada, gente de por medio. Si no había terminado antes, fue porque él no había tenido los huevos suficientes. No sabía qué iba a hacer en Bariloche, pensaba decidirlo allá. Ver que pasaba.

Ella, cuyo nombre se podría decir que era Mariana, no era de las más lindas del grupito. Ni siquiera la más simpática. No era la primera chica del contingente en que se había fijado Román.
La primer o segunda noche de boliche (no recuerdo bien), sin saber porque, y bajo los poderosos efectos del alcohol, Román la empezó a mirar con más atención a Mariana.
En un rapto de inconsciencia, le dijo en medio de la gente y la música sonando: "¿Por qué no venís para allá y me das un beso?" Vaya un a saber cómo o el motivo, la señorita terminó a los besos con él.
Fue casi como un camino de ida. y Román sigue buscándole la vuelta.
A partir de esa noche se quedó embobado. Los siguientes días, se fue acercando más. Alguna que otra noche se encontró durmiendo en la misma cama que ella, sin que pasara más que algunos besos, pero eso a él le alcanzaba.
Algunos de esos días sureños, ella estaba más accesible, más cariñosa, más presente, aunque siempre bastante fría. A veces desaparecía, estaba rara. Y como Román era bastante enamoradizo, perseguido y mariconazo, se fastidiaba por esa situación.
Ella le había contado muy por arriba, que acá en Buenos Aires, tenía una historia bastante complicada que la esperaba, él por su parte decidió dejarle la posta a ella. Le preguntó si prefería que sea una historia que quedara ahí, porque a él le gustaba, pero que si quería eso, que se lo dejara claro en ese momento. Ella le dijo que no quería que muriera ahí, pero que tampoco sabía que que era lo que quería o lo que iba a pasar cuando volviesen. A él, eso le sobró para subirse a la moto y no bajarse más.
La última noche y el último día, ella no le dió ni bola. Román sentía que se había mandado alguna cagada, que ella estaba enojada pero no entendía el porqué. Recién en el micro de vuelta, cuando todos dormían él se pudo acercar a ella y hablar unas horas. Entendió que el motivo de que ella estuviera así era lo que la esperaba en Buenos Aires. Se sintió cerca, que ella se abría para contarle algunas infidencias. Y se sintió bien, aunque no hubiese mediado ni siquiera un beso.
Al llegar a destino, algo sorprendió a Román. La primer parada de descenso de pasajeros fue en el Colegio de Caseros, en el cual el contingente de muchachas bajó del micro. Retiraron sus valijas, saludaron a sus familiares. Las madres acompañantes lo saludaron casi especialmente, se habían encariñado. Ellas con él, él con ellas. Ya pidiendo que subamos de nuevo al micro los que no se quedaban en el conurbano, Mariana se acercó. Lo abrazó y le dió un beso. Poco importó que fuera en el cachete. Siguió hasta su destino contento.

Se dieron charlas virtuales, algún que otro reencuentro de todo el grupo con diversa suerte para Román y Mariana.
En algunos casos, Román pensaba que las cosas eran como en Bariloche de nuevo.
En otros, se parecía más al último día en la ciudad del Sur. Él no entendía nada, seguía sin entender. Pero ella lo podía.

Ella se puso de novia. Él seguía de novio, por los pocos huevos que tenía, por no querer lastimar a su pareja, y por el terror que le tenía a sentirse solo. Él aunque sufría que las cosas no fueran como hubiera preferido, estaba contento de verla bien. Se había resignado momentáneamente a tener una amistad con Mariana. Sin embargo con el tiempo, la empezó a notar triste, y no pudo seguir con la farsa de la amistad. Román quiso volver a acercarse, tratar de saber como estaba ella y ayudarla desde el lugar que lo dejara.
Ella lo dejó acercarse, a su manera, pero lo dejó. A veces más, a veces menos. Muchas veces con mensajes con doble sentido. A él le alcanzaba. Tenía claro que no le importaba con qué título lo hacía, no le importaba de que manera, pero necesitaba sentirla cerca, sentirse cerca de ella, saber como estaba y si pudiera, ayudarla en lo que fuera.
Los meses fueron pasando, y habían momentos distintos. Por momentos, hablaban todos los días, varias horas. Tenían épocas de no hablar directamente.

Tuvieron 2 encuentros a solas. Una de esas veces, en clara condición de amigos, él tratando de aconsejarla en sus dramas amorosos cuál mártir estupidizado.
Lo lindo fue en la otra. Ella estaba en conflicto con su facultad. Estudiaba Arquitectura, al igual que Román. Mariana en la facultad del Estado, él en una institución privada.
Él le comentó que quizás un cambio de facultad, podía ser algo potable para que deje de hacerse drama por estudiar, que si ya de por sí era bastante odioso, el hecho de que desde la facultad te la hagan más difícil era bastante molesto. Ése fue el motivo de la segunda reunión.
Él llegó a la casa, contento de volver a verla luego de mucho tiempo. Comieron juntos los dos, y la madre los acompañó en la cena. Luego de comer, la madre se fue a acostar y los dos quedaron solos de nuevo.
Empezaron a charlar, ella se convenció de cambiarse de facultad. Estaba en crisis su noviazgo, y hablaron de eso. La charla se extendió hasta la madrugada, los termos de mates se vaciaron. Casi sin darse cuenta él le empezó a acariciar la mano, después el pelo, la espalda. Se empezaron a acercar casi imperceptiblemente, terminaron sus bocas separadas por escasos centímetros. Ese día Román se sintió pleno.
Él le hizo de la promesa de que no pasaría nada esa noche entre ellos, porque la quería cuidar, no quería que hiciera algo que después la hiciera sentir mal.
Es el día de hoy, que esa promesa la lleva como una daga en su corazón. Y se siente un bolo importante, de no haber aprovechado la que podría haber sido su chance.
Después de ese día, Mariana se peleó con el novio, y desapareció. Le metió un scarface importante. Volvieron los fantasmas del último día del viaje de egresados.
Llegó el día del cumpleaños de la muchachita. Él quiso verla, saludarla. Se conformó con dejarle un día cualquiera, un par de meses después un regalito en la casa. Ni siquiera con ir a la casa logró verla, el regalo se lo dejó a los padres. Román ese día decidió dejarla ir, dejarse de boludear y empezar a valorarse un poco. Mariana era historia del pasado.
Pasaron varios meses sin hablarse.
Y de repente, una tarde cualquiera, Román ve en el Facebook de Mariana una foto de ella besándose con otro flaco. Se puso triste, muy.
Le tiró la resentida. Un mensaje con un "felicitaciones" seco y se fué. Más convencido aún, que debía olvidarse de ella.
Olvidarse. LAS PELOTAS!
Bastó con una simple charla días después. Él le ofreció ayudarla a estudiar, ella de alguna manera extraña para su sorpresa, aceptó su ayuda. Su mundo tembló de nuevo.
Él mañana se levanta temprano, va al trabajo, luego a la facultad. A eso de las 22 hs. empieza su día, se arregla lo más que puede y con su mejor sonrisa va a su encuentro. Pasado mañana, en una de esas, puedo decir como le fue y como sigue este enredo.


Y si llego a mi fin intentando seré un vencedor,
porque es mejor intentar que morirse sin sentir tu voz.




Román
Octava

Mayo 2012

Un cigarro en el balcón. La lluvia cayendo afuera. Noche fría, un lunes cualquiera.
Vuelve de rendir un parcial más, con la sensación de tranquilidad que se siente cuando uno llega preparado.
Más allá del resultado, la conciencia tranquila de saber que ante tanta adversidad, se hizo lo mejor que pudo. Que quizás haya sido más que muchas otras veces, tal vez por el simple hecho de la presión y correr contra todo para tratar de llegar a lo que uno quiere. Algo así como su historia de vida.
Sensación de tranquilidad que se fue con el humo de ese cigarro. Con esas gotas de lluvia que iban cayendo, llegó hasta mi él ese estado que lo definía en los últimos tiempos.
No podía definirlo, no lograba explicar bien que era lo que le estaba pasando.
Inconformismo. Miedos. Soledad. Mariconismo. Histeria. Aburrimiento. Bronca.
Sin poder esconderse con la tecnología, que parecía haberse complotado en su contra, no le quedaba más que hacerse cargo de sí mismo. Enfrentarse al problema, encontrarle solución, poder darse un diagnóstico, o aunque sea aceptar que eso que estaba sintiendo existía, aunque no llegara a entenderlo ni por asomo.
Sin embargo hizo lo de siempre. Fumó, cambió su semblante. Se mojó los pies con esa historia, se fastidió.
Y escapó. O trató de hacerlo.
La cama era su única salida y hacia ella fue. Como si tuviera alguna condición mágica, se entregaba nuevamente con la firme convicción, o aunque sea la vana esperanza de que cuando ésta lo abrazara se sentiría mejor. Que al despertar sería otro día. Pero no pasó.
Soñó cosas raras. Que lo hacían ilusionar, pero eso lo escribo más tarde.

martes, 1 de mayo de 2012

Pequeñas cosas que te hacen sentir bien.
Detalles o simples escapadas provocan sonrisas que extrañabas.
Algo así como 30 horas de otra realidad, de una tranquilidad casi ajena. De una amistad que crece, que nutre, que fortalece. De historias mínimas que traen algo parecido a la felicidad. De quemaduras que no lastiman, de fríos que se aguantan con risas. De conocer mejor a quién te hace bien, de conocerte mejor. De mirar el lago, las chispas, los pescadores sin pescados.
De cumplir algo planeado pero pospuesto, de que salga bien.
De irse con ganas de que se repita, de planear volver a hacerlo, de querer ir más allá, de proponer un verano con la misma esencia. De querer que se cumpla.
De confirmar esta amistad. De agradecer que exista.

Pero...viste cuándo tenés todo, cuando te das cuenta que hay tantas cosas lindas con las que contás y sin embargo sentís que falta algo? Como si hubiera un espacio que falta llenar, un no sé qué que anda faltando, que no sabés  cómo o por qué, pero que no está. Un vacío que se va a llenar, que se tiene que llenar... andá a saber cuando.
Hoy no importa, hoy quiero que pese más lo bueno.
Pero no quiero que haya peros.
Por lo menos hoy, aunque más no sea ahora.


Fede
Mayo 2012
Sexta