lunes, 9 de abril de 2012

La noche anterior no me acuerdo que, pero soñe con ella. Me levante y salí de casa. Como si nada, me ví vestido con una remera que me había regalado ella. Como si todo se fuera alineando con lo que luego pasaría, en el auto sonaba el CD doble también llegado a mi de sus manos. Unas horas después, suena un mensaje. Es ella, queriendo despojarse de las ultimas cosas mías que tenía en su poder. Me escribía de lejos, ella estaba lejos.
Últimamente la sentía más distante, más dura. Independiente, rebelde. Pero no.
La vi sentada, esperándome en la esquina de Nazca y Belaustegui. Afuera harían unos 20º, pero hacía frío.
Volvió a tener esa pinta de nena, de nena frágil. Como si fuera de cristal, y al primer golpecito se fuera a romper. Tan desprotegida, tan simple, ingenua... tanto que daba ternura. Ganas de protegerla.
Me sentí mal por haberme ido. Por un segundo pensé que toda esa fragilidad, ignorancia e ingenuidad eran mi complemento perfecto. Eso que era casi la contraposición de mi realidad, tan distinto. Un cable a tierra, una forma de calmarme, de toparme con otra realidad.
Sentí ganas de bajar, de abrazarla, mirarla, darle un beso.. De haber hecho las cosas diferentes, de que hubiera funcionado, de no tener la certeza de que pude haber hecho más y mejor y que no lo hice. Desaparecer. No de su vida, sino de la mía. Meterle un pause, aparecer en algún lugar tranquilo, que se frene el mundo. Estar ahí unos días, unas semanas, unos meses.
Y después, que importa?

No bajé, no le dí un beso. Me sentí raro. Hablamos una hora. De repente ganas de irme, ganas de quedarme, ganas de llorar, de reirme, de abrazarla. De repente no estábamos más en esa esquina. Nos perdimos, durante 2 horas. Y al encontrarnos, habiéndonos permitido el naufragio, las cosas volvieron a estar como antes. Aunque no podría decir que volvieron a la normalidad, porque después de todo... ¿Qué es la normalidad?
Nos despedimos, promesa de volver a hablar de por medio.

Estoy convencido que fue la mejor decisión. No obstante, ¿Quién me saca este gusto amargo? Nadie, al menos por ahora.


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